Hacia principios del siglo XX, Walter Benjamin, intentaba en sus Tesis Sobre la Filosofía de la Historia, inaugurar un proyecto de escritura cuyo principal objetivo lindaba con el hallazgo de una crítica hacia la razón ilustrada.
Dicha crítica guardaba relación con el abuso que la Ilustración –de quien Benjamin fue hijo dilecto- había realizado de la razón durante años dejando de lado un elemento del que se nutría sin darse cuenta: la teología; y que esta teología tan desgastada fue convirtiéndose con el correr del tiempo en una enana vieja y fea, tal como la describe en la Tesis I. Dicho planteo, por demás profundo y controvertido, pasó inadvertido en su momento para la mayor parte del mundo, Benjamin no era conocido como ahora por ese entonces; pero su escritura le sirvió al filósofo para darse cuenta de que el progreso tal como se venía realizando, es decir, abusando del ejercicio frío de la razón, degeneraría en consecuencias gravísimas para la humanidad.
Ese malestar del alemán, acaso fue el primer –o más significativo- planteo de un nuevo síndrome del barroco en medio de la cultura moderna. Un síndrome que, antes que remover una hipótesis universal, echaba raíces en lo plural, en la diversidad de síntomas que encerraban señales que remitían a muchas causas; por entonces, como bien dijera Benito Pelegrín (1983), el barroco advenía un refugio de lo singular frente a la visión totalizadora de la Ilustración que tenía sus principios en el concepto de barroco mismo emanado de las monarquías y de la Contrarreforma. Por lo tanto exigía ahora una inversión de perspectiva, a saber, lo irracional, la disidencia, elementos que devienen subversivos.